La Taberna de Lippincott

Once. La cárcel de sexo en la ciudad más hermosa

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once

Once (2006). De John Carney. Con Glen Hansard y Markéta Irglová.

¿Alguna vez se han enamorado viendo una película? Me refiero a ese estado, alcanzado gradualmente, al que puede llevarnos un buen trabajo cinematográfico, y que termina en una embolada de Platón que puede llegar a dejarnos sin respiración. Es cierto, claro, que la belleza ayuda, y si no que se lo digan a Gene Tierney en Laura, de quien se enamoraba hasta el gato de la película (no es de extrañar). Pero contesten, contesten en conciencia: ¿les ha ocurrido alguna vez? ¿nunca les ocurrió viendo a las señoritas Kubelik, Albright, Bennet, Jones o Honeychurch? De hecho a mí la Bonham-Carter me sigue enamorando en cualquiera (glubs) de sus películas.

¿Y qué pasa si uno está tocando en Grafton Street y de repente aparece una risueña y enigmática rubia, curiosa e insistente hasta la insolencia? Que se te caen los palos del sombrajo, sobre todo si eres un tipo que vive con un padre tristón, tienes un oficio mileurista, también tristón y sales a cantar canciones tristonas. Y si cogemos estos mimbres y buscamos a alguien que lo cuente bien (Carney lo hace) y saque buenas canciones, siempre acordes con el argumento, te queda una obra maestra que días despues es difícil sacar de la cabeza y el corazón del espectador.

Dos cantantes, que no actores, decidieron juntarse para hacer esta película. El resultado es una química tan sorprendente que ha terminado por sobrepasar a ambos músicos. Además, casi prolongando su tierno personaje fuera de la gran pantalla, cabe destacar que Markéta Irglová protagonizó una de las escenas más entrañables que jamás hayan tenido lugar en la entrega de unos Oscar: Cuando Glen Hansard y ella recogieron el premio a la mejor canción el primero se alargó más de la cuenta en los agradecimientos, por lo que en el turno de ella se agotó el (poco) tiempo del que disponían y la música sonó sobre su voz y sólo pudo dar un escueto ‘thank you’. Tras el intermedio, el presentador Jon Stewart la sacó de la mano, con aire de niña pequeña compungida, para que pudiera terminar su discurso. El efecto ‘chica’ había llegado incluso al Kodak Theatre.

Y digo ‘chica’ porque no sabemos los nombres de los protagonistas. Sólo sabemos que se acercan y se alejan en una preciosa ciudad, conformando una grandiosa historia de música, soledad y amor, con ese glamour que sólo puede tener la gente buena. Y nosotros nos quedamos con la poesía, la que ambos se dicen…

No te conozco

pero te quiero…

las palabras caen a través de mí

y me confunden

y no puedo reaccionar…

toma este barco que se hunde

y dirígelo a casa

todavía tenemos tiempo

levanta tu voz llena de esperanza, tuviste una elección

y la has hecho ahora…

 

y la que no se dicen:

… que no puede haber mayor suerte que encontrarte en esta ciudad tan hermosa, y es una desgracia haberlo hecho ahora, en esta cárcel de sexo que son los treintaytantos, cuando un ‘quédate conmigo’ es ‘follemos’ y un ‘cuéntame algo más’ es ‘follemos’ por supremacía de lo convencional. Pero da igual, cada uno seguirá el  camino que debe y sonreiremos al recordar que una vez hubo unos días en que se cruzaron nuestras vidas. Porque en la más hermosa de las ciudades estoy contigo, que es más de lo que podía soñar, y pedir más sería ofender a ese cielo que sobre este verde siempre tendrá un color especial. Y porque con nuestra canción esta noche pasearemos por Dublín. Y ella brillará como nunca. De Heuston a la Casa de la Aduana y de Artane a Harold’s Cross, esta noche de poesía Dublín no es nuestra: Dublín somos nosotros.

Calificación Obra maestra.

Momento Once La penúltima escena en… ¿Templebar? de mañana, con aires de despedida y con un punto a Lost in translation más que notable (las obras maestras siempre están emparentadas).

Written by A.H.Lippincott

Jueves, 20 Marzo 2008 a 5:38 am

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