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El niño robado
… ven, oh, niño humano
a las aguas y lo salvaje
con un hada de la mano
pues en el mundo hay más llanto del que puedas comprender.
William Butler Yeats. El niño robado (1889)
Escuché esto por primera vez en un disco de los Waterboys, el Fisherman’s blues. Muchos años después Spielberg montó el final de la magistral Inteligencia Artificial en torno a estos versos.
Es el único poema en inglés que me sé. La tercera estrofa hace que se me salten las lágrimas. Recomiendo este poema, parece mentira que en un idioma tan endemoniado se pueda crear tanta belleza.
Se lo dedico a Chloe y a Edwina.
10 de Marzo de 2004
El trabajo del Miércoles ha terminado. Mis alumnos están calificados y me voy casa a comer y arreglarlo todo un poco antes de que llegue Edwina. Llega el tren, subo a él y se suceden las estaciones. El Pozo, Entrevías, Atocha… Allí hago transbordo y cojo la línea que va a Príncipe Pío y Las Rozas. Ahora viene el viaje largo y puedo leer el periódico. Coloco mi mochila en el portaequipajes de arriba. Méndez Álvaro, Delicias… Después de Delicias el tren entra en un túnel y siempre es ahí donde el traqueteo y las pocas horas de sueño empiezan a hacer su efecto. Adormilado oigo que llegamos a Pirámides y todavía me sorprendo por la claridad del día a la salida del túnel, en Príncipe Pío. Ahí mi mente se nubla del todo. Espero despertarme antes de llegar a Majadahonda, siempre lo hago, me sobresalto al oír que llegamos a una estación, me da miedo perderme mi estación, y además siempre abro un ojo para ver que no me roban la mochila.
Pero en Aravaca no llego a despertar.
Golpean mi rodilla. Es molesto. Abro los ojos. Delante de mí hay un hombre alto, vestido de revisor. Su cara está picada y su pelo es largo, rubio y poco cuidado. Le acompaña otro hombre regordete con un aspecto más adecuado al oficio de revisor. El hombre alto señala encima de mí y me pregunta, alzando su voz por encima del ruido del tren:
- ¿La mochila es suya?
Voy a expresar mi malestar pero algo en la cara del hombre me hace contenerme. Me Intento sobreponer al sueño y al susto y contesto:
- Sí.
Dice algo que no entiendo y sigo su camino. Me quedo con ganas de preguntarle qué ha dicho y si hay alguna alerta de algún tipo.
El Barrial. Ya no me merece la pena dormirme. Me despejo, leo el periódico y llega Majadahonda, mi estación de destino. Agarrando mi sospechosísima mochila, salto al andén y compruebo que el día es lo suficientemente generoso como para permitirme ir sólo con la camisa y llevar el abrigo bajo el brazo. Me dirijo al aparcamiento a coger mi coche. Mañana será otro día. Mañana Edwina, con su embarazo de seis meses, y yo, cogeremos juntos el tren a primera hora hasta Atocha. Hablaremos de nosotros y de la actualidad, como hacemos siempre.
El tren arranca y se pierde en la inmensa curva que sigue a la estación. De su reciente presencia sólo nos deja un esproncediano temblor de cables sacudidos, y luego el silencio, que vuelve a reinar en una preciosa tarde de invierno disfrazada de primavera.
Y mañana será otro día.
—-
Puede que a nadie le importe, pero yo siempre recordaré que sobre las tres y media de la tarde del 10 de Marzo de 2004 alguien me hizo una pregunta de seguridad sobre mi mochila. Y como la visión de cada uno la conforman las experiencias personales individuales más que las públicas, siempre consideraré la que después llamo ‘teoría de la imprevisión’ como falsa, abyecta y propia de un grupo político que hoy en día está, por fortuna, casi desaparecido del Parlamento. Y siempre despreciaré a las alimañas que con la sangre de las víctimas aún caliente salieron a la calle a arañar votejos.
Un fin en sí mismo
Me llega procedente de una amiga un Llutiuf que me ha llamado la atención, pero de una forma distinta que a quien lo colgó. Se trata de una niña llamada Severn Suzuki que hace un discurso en la sede de ese chiringo llamado Naciones Unidas. El título del vídeo, con la genuina grandilocuencia y pedantería ecoprogre, nos da a entender que la intervención fue la releche y que el mundo entero quedó petrificado mientras la niña nos cantaba las cuarenta a todos los adultos malos malotes (Mani, ¿dónde estás?) que poblamos este pequeño planeta. El discurso es una redacción escolar como otra cualquiera de los millones que se encargan todos los días en todos los colegios del mundo, con la diferencia de que esta niña, no sabemos por qué, ha sido más afortunada que los demás pequeños pegándose un viaje de puta madre a Nueva York. Un vistazo a la biografía de la Señorita (o Señora) Suzuki nos cuenta que sigue viviendo como una reinona, viajando de aquí para allá, publicando libros y en no sé qué fantasmagórico panel de asesores (Ringring $, ringring $, ringring $).
También hace tiempo me llegó otro Llutiuf de una presentadora llamada Annie Leonard llamado La historia de las cosas, en un tono parecido al anterior pero más elaborado, claro, en el que también el tema principal es de hacernos sentir mal.
Y yo me pregunto: Trato de respetar las más elementales normas ambientales (perdonen que no diga medioambientales pero me parece una expresión horrorosa y redundante). Separo residuos, trato de consumir poco, uso transporte público. Educo a mis hijas para ello. Estoy currando todo el día para sacar adelante mi casa y a mi familia. Cuento el dinero cuando llega final de mes. Así que
¿POR QUÉ TENGO QUE AGUANTAR LOS SERMONES DE TODOS ESTOS POLITICUCHOS?
Porque de politicuchos se trata. Suzuki, Leonard, Gore y compañía. No llegan a políticos de verdad. No les libra de politicuchos el hecho de que exista una especie de absurdo consenso (casi consenso, yo no cuento) de que hacen una labor estupenda y maravillosa por lo cual se convierten en una especie de intocables a los que no se puede criticar.
Esta gente no ha hecho de esa defensa del medio ambiente su profesión. Ha hecho de dar discursos y asustar a los demás su profesión. Te meten diariamente tu dosis de carguito de conciencia contándote lo cabrón y malvado que eres para que tú asientas de forma acrítica mientras te llaman gilipollas. Ellos nunca son malos, claro, resulta que no comen, no cagan, no consumen, no van en coche, etc. Eres TÚ quien tiene que sentirse mal. Malvado. Sucio. Maloliente frente a sus bellas, blancas y relucientes túnicas farisaicas.Te restriegan el mal que estás haciendo pero no cómo dejar de hacerlo de forma práctica, realista y eficaz. Eso no, sería el fin del business. Tienen siempre sus listas negras pero las blancas no aparecen por ningún lado. Publican libros, dan conferencias, van a programas, venden vídeos. Se forran, se forran y se forran. Para ellos el objetivo no es salvar el planeta, sino decir que lo hacen, sermonear, hablar de ello. Es su profesión. Es un fin en sí mismo.
Se puede alegar, muy justamente, que alguien tiene que poner el justo equilibrio entre industrialización y ambiente y hacer este trabajo sucio. Muy bien, pues que lo hagan los políticos que ya están para eso y es en la política donde se corta el bacalao. Estas figuras intermedias son muy cómodas: todas las ventajas de ser político pero ningún inconveniente. Parece que no podemos criticarlos porque defienden una causa tan justa tan justa que nadie se puede atrever a alzar la voz contra ellos. Pues no es así.
Para terminar ilustraré con un ejemplo la sensación que me produce toda esta gente, contando mi comentario a Edwina cuando Chloe (4 años) decidió por su cuenta y riesgo reciclar papel tal y como había hecho en el colegio:
No es sólo que me haya cogido el periódico de hoy y me lo haya destrozado. No es que haya dejado la cocina hecha un asco con trozos de papel mojado y haya tenido que barrer y fregar. No es que tenga que tirar los dos trapos en los que ha envuelto la hoja reciclada porque están hasta arriba de tinta. No es que esté segura de que ha salvado un arbolito. No. Lo que más me fastidia de todo es que además ESTÁ FIRMEMENTE CONVENCIDA DE QUE DEBEMOS DARLE LAS GRACIAS.
Los Oscar de este año
Algunos comentarios sobre los Oscar entregados la noche del Domingo al Lunes.
- Muy buena gala, Hugh Jackman fue un gran presentador, y vimos espectáculo y rapidez.
- Incomprensible lo del Oscar a Penélope Cruz, una actriz que lo único que ha hecho es hacer papeles de tía cabreada que pone morritos. O sea, como Gracita Morales pero en vez de en chacha en cabreado. Y además por un tostón de película como Vicky Cristina Barcelona.
- Merecidísimo el Oscar a la maravillosa Slumdog milionaire.
- Sorpresón de la noche el premio a Sean Penn en lugar de a Mickey Rourke.
- Guapísima Kate Winslet, y enhorabuena, a la séptima va la vencida.
- Infumable, insoportable y politizada como siempre la presentación de Angels Barceló y compañía en Canal +. A ver si alguna cadena se anima a retransmitirla y nos deshacemos de estos plastas, y así me doy de baja en el Plus. Al final pago 30 euros al mes (o sea, 360 € al año) sólo para ver la noche de los Oscar porque para otra cosa no uso esa porra de Televisión Digital.
- Vals con Bachir, la favorita (y perdedora) al premio de película extranjera, era también la favorita de las televisiones del régimen. En Días de cine hasta hubo dos reportajes consecutivos sobre la película. Durante la retransmisión nos enteramos por qué: Retrata a los cristianos como responsables de matanzas. Normal, todo el mundo sabe que los cristianos nos dedicamos a degollar gente. Yo a eso no llego, creo, pero un día me voy a cagar en la puta madre de alguien.
- Gran idea la de que los Oscar a los actores fueran entregados por un grupo de cinco ganadores anteriores.
- Emotiva despedida a Paul Newman mientras la guapísima Queen Latifah cantaba.
- Para el próximo año desearía que no hubiera nominados españoles, porque se pasaron los ratos muertos (y alguno vivo) conectando con una absurda y desangelada fiesta (¿quién sale un Domingo, pringaos?) y preguntando hasta al último pelagatos por el Oscar de Pe.
- Las apuestas en casa de los Lippincott las ganó Edwina, 90 puntos a 82 de 122 posibles (nuestras apuestas son ponderadas con puntos distintos a cada categoría ). Ella acertó 16 y yo 14 Oscar de los 24. Enhorabuena.
Hasta el año que viene. Mientras tanto, seguiremos viendo buenas películas. En el cine, claro.



