La Taberna de Lippincott

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10 de Marzo de 2004

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El trabajo del Miércoles ha terminado. Mis alumnos están calificados y me voy casa a comer y arreglarlo todo un poco antes de que llegue Edwina. Llega el tren, subo a él y se suceden las estaciones. El Pozo, Entrevías, Atocha… Allí hago transbordo y cojo la línea que va a Príncipe Pío y Las Rozas. Ahora viene el viaje largo y puedo leer el periódico. Coloco mi mochila en el portaequipajes de arriba. Méndez Álvaro, Delicias… Después de Delicias el tren entra en un túnel y siempre es ahí donde el traqueteo y las pocas horas de sueño empiezan a hacer su efecto. Adormilado oigo que llegamos a Pirámides y todavía me sorprendo por la claridad del día a la salida del túnel, en Príncipe Pío. Ahí mi mente se nubla del todo. Espero despertarme antes de llegar a Majadahonda, siempre lo hago, me sobresalto al oír que llegamos a una estación, me da miedo perderme mi estación, y además siempre abro un ojo para ver que no me roban la mochila.

Pero en Aravaca no llego a despertar.

Golpean mi rodilla. Es molesto. Abro los ojos. Delante de mí hay un hombre alto, vestido de revisor. Su cara está picada y su pelo es largo, rubio y poco cuidado. Le acompaña otro hombre regordete con un aspecto más adecuado al oficio de revisor. El hombre alto señala encima de mí y me pregunta, alzando su voz por encima del ruido del tren:

- ¿La mochila es suya?

Voy a expresar mi malestar pero algo en la cara del hombre me hace contenerme. Me Intento sobreponer al sueño y al susto y contesto:

- Sí.

Dice algo que no entiendo y sigo su camino. Me quedo con ganas de preguntarle qué ha dicho y si hay alguna alerta de algún tipo.

El Barrial. Ya no me merece la pena dormirme. Me despejo, leo el periódico y llega Majadahonda, mi estación de destino. Agarrando mi sospechosísima mochila, salto al andén y compruebo que el día es lo suficientemente generoso como para permitirme ir sólo con la camisa y llevar el abrigo bajo el brazo. Me dirijo al aparcamiento a coger mi coche. Mañana será otro día. Mañana Edwina, con su embarazo de seis meses, y yo, cogeremos juntos el tren a primera hora hasta Atocha. Hablaremos de nosotros y de la actualidad, como hacemos siempre.

El tren arranca y se pierde en la inmensa curva que sigue a la estación. De su reciente presencia sólo nos deja un esproncediano temblor de cables sacudidos, y luego el silencio, que vuelve a reinar en una preciosa tarde de invierno disfrazada de primavera.

Y mañana será otro día.

—-

Puede que a nadie le importe, pero yo siempre recordaré que sobre las tres y media de la tarde del 10 de Marzo de 2004 alguien me hizo una pregunta de seguridad sobre mi mochila. Y como la visión de cada uno la conforman las experiencias personales individuales más que las públicas, siempre consideraré la que después llamo ‘teoría de la imprevisión’ como falsa, abyecta y propia de un grupo político que hoy en día está, por fortuna, casi desaparecido del Parlamento. Y siempre despreciaré a las alimañas que con la sangre de las víctimas aún caliente salieron a la calle a arañar votejos.

Me he cabreado

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Y he decidido abrir un nuevo blog:

 http://estaciondemajadahonda.wordpress.com/

Escrito por A.H.Lippincott

Jueves, 4 Octubre 2007 a 12:37 am